Lerma revive la Feria de los Santos heredada del siglo XIII

  • Se celebra desde que el rey Alfonso X el Sabio otorgó a la villa el privilegio de realizar el evento

Hasta los años 60, la Feria de los Santos fue el gran acontecimiento de la comarca, y su razón de ser, el mercadeo de madera y ganado que se celebraba durante tres días, dando lugar a un ameno ir y venir de reatas de bueyes cargados de mercancías y procedentes de la cercana sierra de la Demanda, entre ellas los materiales necesarios para dar forma a las nuevas construcciones o la necesaria reparación de las deterioradas.

Mulas, burros, yeguas y caballos protagonizaban el mundo de los tratantes de ganado, donde el apretón de manos era el gesto con el que se cerraba el trato.

A la vez, la Feria se convertía en el punto de encuentro de habitantes de toda la comarca del Arlanza quienes se aprovisionaran de todo lo necesario para el duro invierno de la meseta castellana que en estas fechas ya asomaba.

No faltaban entonces en los puestos de venta, mantas, tapabocas -grandes bufandas con las que se cubrían el cuello y la cabeza-, o gruesos tejidos para la confección de ropa de vestir.

Tampoco el grano para la nueva sementera, los arreos para los animales, aperos para la labranza, ajuares para las casas convirtiéndose de esta forma, en el gran supermercado de la época.

Espíritu tradicional que en la actualidad pervive, ayer día de la Feria de los Santos -o Feria de Noviembre- convertido en un gran mercadillo que con su centenar de puestos colma las plazas Mayor y la de San Blas, así como la calle del Cura Merino y el paseo de Vista Alegre. Mercaderes de toda Castilla y León, varios navarros, de Cantabria, Segovia, Toledo, Cuenca y hasta de Jaén, se acercan hasta la villa ducal en esta emblemática fecha para exponer al sol sus mercancías: embutidos del Bierzo leonés, quesos palentinos y vallisoletanos, repostería pamplonica, salazones de Santoña, pimentones para la matanza o multitud de frutos secos con los que hacer honor a la estación otoñal.

Y junto al surtido puramente alimentario del mercado, discurren paralelamente los puestos de la ropa y calzado, donde no faltan calcetines de Belorado, camisetas grabadas con los ídolos del momento, pantalones, chándales, camisas y fulares, a los que se suman atrevidos picardías, tangas o cazadoras de cuero. Pero también tallas de madera y alfombras, que a más de uno ayudarán a vestir su hogar. Y entre todo ello, el tradicional recuerdo hacia quienes ya se han ido, que hace de este día una peculiar e íntima cita que multiplica la afluencia de público a la feria y la efervescencia en las calles lermeñas.

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