La joya del Duque

La grandeza de la obra del Duque de Lerma se percibe nada más atravesar una gran puerta de carácter militar, tras la que se cobija el palacio herreriano, la inmensa plaza porticada y la hermosa Colegiata de San Pedro

La gran plaza porticada –hoy poblada de asadores que aportan su característico aroma– y el Palacio Ducal, hoy Parador de Turismo, simbolizan la esencia del sueño arquitectónico que el Duque de Lerma, el todopoderoso valido de Felipe III, puso en marcha, parece que para que la burgalesa Lerma compitiese en oropel con El Escorial.

Anticipado a los tiempos, el duque convenció al Rey para que trasladara la Corte de Madrid a Valladolid, operación que le reportó pingües beneficios vía especulación. Y con este ingente patrimonio encargó a Francisco de Mora, discípulo de Herrera, y al carmelita Fray Alberto de la Madre de Dios la renovación de la villa con el objetivo de crear en Lerma una corte propia y dar esplendor a esta urbe de origen prerromano.

Bajo su patrocinio, Lerma se convirtió entre 1600 y 1617 en una ostentosa ciudad, configurando uno de los conjuntos histórico-artísticos más notables de España, un núcleo de poder de primera magnitud cuyo esplendor que se percibe hoy en cualquier rincón de su caserío, en el que se desvela una gran regularidad en las construcciones debido a la rapidez con la que se ejecutaron las obras y el empleo de materiales similares en la ejecución del palacio ducal, la colegiata, los conventos..., un espíritu que se ha mantenido en las construcciones posteriores al siglo Diecisiete.

La obra más imponente es el PalacioDucal, que ocupa por completo uno de los laterales de la inmensa plaza Mayor, una de las más grandes de España. Levantado entre 1601 y 1617 bajo la traza de De Mora –y rematado por Fray Alberto de la Madre de Dios– sumaba a la residencia de los duques instalaciones regias para acoger a la corte de Felipe III en sus retiros cinegéticos. El palacio, con sus cuatro grandes torres –una en cada esquina– recuerda en cierta medida al de El Escorial. El enorme edificio –merece la pena entrar aunque sólo sea para tomarse un café en la cafetería el Parador– se levantó sobre una antigua fortaleza y articula su espacio en torno a un espectacular patio central, el de Bolaños, rodeado de galerías columnadas de dos cuerpos. Desde el patio arranca una suntuosa escalera que conduce a las habitaciones, alguna espectacular en las torres.

Frente al Palacio se extiende la gigante plaza Ducal, cuyos 6.862 metros la convierten en una de las más grandes de España. Pero no sólo es cuestión de tamaño: es una de las más hermosas, sobre todo si se tiene la suerte –más bien escasa– de descubrirla sin una multitud de coches aparcados en su superficie.

El soniquete y la presencia de los vehículos se va perdiendo a medida que se callejea por la villa, primero descubriendo el cercano convento de SanBlas, diseñado por Fray Alberto de la Madre de Dios y que estuvo unido al palacio hasta el sigloDiecinueve por un pasadizo volado. Justo de frente arranca la calle Audiencia, que conduce hasta la plaza de Santa Clara y el mirador de Los Arcos –donde está la tumba homenaje al cura Merino–, junto al convento de Santa Teresa, en cuya fachada de sillería destacan dos pilastras dóricas, un frontón triangular y una hornacina con la imagen de la santa. No es mal lugar para descansar:desde estas regias arcadas se obtiene una panorámica completa del valle del Arlanza. En la misma plaza se alza el convento de Santa Clara, de gran sencillez.

Siguiendo la ruta por la calle de Santa Clara se llega hasta la colegiata de San Pedro, el edificio religioso más destacado de la villa ducal. Erigida a comienzos del sigloDiecisiete, su impulso se debe al arzobispo de Sevilla, Cristóbal de Rojas ySandoval, tío del duque de Lerma, quien tenía el empeño de dotar a la localidad de una iglesia de grandes proporciones, para lo que amplió la iglesia primigenia bajo planos de Fray Alberto y con el característico estilo herreriano en la fachada, con una portada monumental. En su interior, sólo accesible con visitas guiadas, alberga una espectacular talla orante del tío del duque, además de sus famosos órganos, construidos por el organero mayor de Felipe III. Tiene planta de tres naves con girola y un crucero y en la sacristía sobresale una mesa de mármol taraceada, regalo del Papa y que el duque escondía para que el rey no la viese cuando iba a Lerma.

La comitiva cortesana se desplazaba desde el palacio hasta la colegiata a través de un pasadizo volado que les permitía no cruzarse con el populacho y que hoy es accesible y regala unas magníficas vistas.

Pero no todos los atractivos de Lerma están a la vista:bajo la ciudad se esconde una red de pasadizos, bodegas y galerías que usó tanto el duque como la guerrilla para huir de los franceses durante la Guerra de la Independencia y que pueden ser descubiertos con las visitas guiadas que se organizan desde la Oficina de Turismo.

La ruta al pasado de Lerma conduce ahora hasta el Arco de la Cárcel, la puerta principal de lo que fue una antigua muralla medieval y que fue reformada por el duque de Lerma y convertido en prisión. El arco da acceso al casco urbano medieval. Cerca se localiza el puente medieval y la ermita del Humilladero.

Para rematar la visita a la villa ducal, nada mejor que relajarse en el Campo de Golf de Lerma. Localizado a cinco kilómetros del casco urbano, ocupa una antigua finca de caza de 220 hectáreas y propone un excelente recorrido en plena meseta castellana por sus 18 hoyos.

Etiquetas: lerma, parador, arlanza

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